Soy muy puta, él lo sabe y yo también. Los análisis clínicos que mi señor me exigía estaban sobre la mesa. Mesa de perra de sesiones cibernéticas. Sobre la mesa las cuerdas, las pinzas, las varas de frutales, el cinto, las velas, el consolador anal, el sujetador rojo, el plástico transparente, el gorro de lana, mi tanga negro, el liguero, el consolador de chatte, el jarro de agua, el vaso, el plato hondo, la cuchara, el cuenco, el sujetador con agujeros, la cadena del collar de perra que yo ya llevaba en el cuello, collar que compré hace siete meses, cuando mi mente y mi cuerpo ya le pertenecían, el sostén negro, las medias de puta, el delantal, el pintalabios ...
Todo se lo fui ofreciendo a mi señor para que él dispusiera de su uso sobre mí para su único y exclusivo disfrute. Sabía que sus órdenes debían obedecerse sin dilación. Es un amo exigente, mi voluntad no cuenta, mis gustos no los tendría en cuenta para nada, yo era un objeto de su entero placer. Quería someterme, hacerme su perra, su puta, su esclava, su zorra, ponerme a sus pies y que fuera su sierva. Yo, un objeto, mi cuerpo a su disposición total, mi mente también, podría hacer de mí lo que deseara, lo que se le antojara, yo era su perra, su sierva, su puta, su zorra, yo lo sabía y él también.
Se dispuso a someterme con autoridad sin perdonar ningún error u olvido en los deseos que me había manifestado. Tomó el gorro, le pareció feo, me lo puso en la cabeza y me tapó toda la cara, apenas podía respirar ni ver nada. Me puso frente a la mesa preguntándome por qué razón los zapatos estaban en la silla y no en la mesa, como habían sido sus órdenes. Que podía decir...
- Pensé, señor, que estarían mejor sobre la silla... perdón, señor.
Sentí la vara sobre mis nalgas, me daba con ella con fuerza, por encima de la falda, pero sentía la profundidad de su toque. Un quejido suave, no quería que mi conducta le enfadara.
- ¿Te duele, puta?
- Sí, señor.
La vara siguió azotando mi culo sin clemencia.
Cogió el delantal y vio que el precio estaba puesto, un euro. Entonces mi señor se enojó, acaso él, mi señor, valía tan poco, que no podía haber comprado otro más mono y más caro para estar a su servicio, acaso, al menos, no podía haber quitado el precio. Se enojó conmigo por la falta de respeto a su persona. Me disculpé, me dio un cachete en la cabeza. Me hizo quitarme la chaqueta que llevaba. Me revisó como me quedaba el sujetador con esa blusa estrecha, me tocó con la vara la barbilla.
- La cabeza recta y sin mover los labios.
- Sí, señor, perdón.
Me estrujo los pechos con sus manos y comprobó su volumen como a disgusto.
- Vaya tetas gordas que tienes. No te parece que son muy gordas.
Mi respuesta fue afirmativa, mis tetas gordas sobresalían de las copas del ajustador, la blusa ceñida ofrecía la imagen de unas tetas de puta...barata. Me quité la blusa de cuello alto que llevaba, aparecieron mis tetas y el collar de perra de mi señor. El precio del delantal me lo colocó a mí.
- ¿Cuántos crees que vales, dime?
- Un euro, señor.
- Vales menos, mucho menos – y echándome una ojeada, según su justo juicio – pareces una puta ...barata, no crees?
- Sí, señor, lo soy.
Me subió la falda con la vara, quería ver como llevaba el chocho.
Vamos, súbete, la falda, me dijo, con una voz autoritaria. Me daba cierta vergüenza y pudor estar exhibiéndome así, pero me gustaba que mi señor ordenara lo que quisiere a su antojo. Yo era suya y no podía abstraerme a sus exigencias. Me subí la falda, debajo había seguido sus estrictas instrucciones. Ausencia de bragas y chocho sin pelar. Las medias, una más alta que otra se ceñían a mis muslos gordos y dejaban ver un espectáculo de puta sin glamour. Separé las piernas a petición de mi señor que tomó la vara y me revisó con ella los labios de mi vulva. Me hizo que con mis manos me abriera el chocho y azotó mi clítoris con la vara de frutal. Me dolía, pero yo sabía que una puta como yo era, se lo merecía. Me quité la falda. Y quedé con una imagen casi de risa, las medias apretándome, a mitad del muslo, sin bragas, con el sexo sin rapar, las axilas sin depilar. Mi señor al verlas me llamó guarra. Me quitó el sujetador y me dio para poner el de los agujeros. Los había hecho yo, a mi señor le pareció divertido. Quedé con los pezones que sobresalían del sostén, me saqué bien los pezones y mi señor me puso las pinzas, una en cada pezón.
- ¿Cómo te sientes, puta?
- Señor, me siento una puta, su puta señor.
Así, le gustaba a mi señor, que me sintiera una puta, lo que era
en definitiva, para él. No significaba otra cosa. Lentamente me colocó el delantal, y me sacó los pezones con las pinzas, dejando el peto en el centro arrugado. Mis pezones sufrían, pero mi voluntad quería agradar a mi señor. Su placer era el objeto de mi dolor. Mi placer era su placer. Estaba a su servicio y como sierva, el delantal, las pinzas en las tetas, sin bragas, con las medias a medio muslo. Me hizo poner los tacones negros. Enganchó a mi collar la cadena que me haría ser suya, sin más.
Decidió ponerme su nombre sobre mis hombres y marcarme como a una yegua. Me escribió desde el nacimiento de mis tetas hasta mis hombres su nombre, el nombre del señor que me hacía suya SEL, con ello quedaba como su posesión. Me mandó hacerme unas fotos que inmortalizarán su dominio. Tres fotos para ponerlas en internet, sin rostro, como era yo, una sirvienta sin rostro, con su nombre grabado. Sentada, sola. Sentada con su brazo rodeándome. Sentada, con el rostro tapado y al fondo sobre la mesa mi gran consolador de chatte. Basta, es suficiente.
Me puse de pie, se acercó a mí, lo sentí muy cerca, me excitaba, sacó su pene y comenzó a rozarme con él sobre mi vientre, mis brazos, le sentía excitado. Me volví a sentar y me descubrió los labios pintados aun, me ofreció su dureza para lamerla, la mamé, mis manos acariciaban sus huevos. ¡Los dientes!... Me dio un cachete. Me sujetaba la cabeza, y en lo más hondo de mi garganta sentía el pene de mi señor. Me quitó las pinzas. Mi lengua lamía su capullo. Sin dejar de mamarla, me ordenó seguirle, tiró de la cadena de su perra, avanzó, quedé en cuclillas, de rodillas, a cuatro patas, avancé hasta un sillón donde se sentó, enganchó mi cadena a sus huevos y polla. Sentí como estaba unida a la polla de mi señor y me descubrió los ojos. Fui consciente de mi encadenamiento a su polla, la deseaba, deseaba que fuera mía. Seguí lamiendo su polla, acaricié sus huevos y su culo. Me gustaba en lo más íntimo el culo de mi señor. Mientras que la lamía con frenesí, babeaba como una perra. Mi señor me mando mirarlo a los ojos, no podía, no podía llegar hasta sus ojos. Seguía mamándosela. Seguía encadenada a su polla dura y excitada y yo estaba mojada, muy mojada, sentía como mi chocho chorreaba al igual que mi boca. Con su polla me azotaba mi lengua extendida y sedienta, mi saliva salpicaba. Me mandó quitarle los zapatos, los pantalones, su slip, olerlo, olía bien, muy bien, ese olor me gustaba, me puso las piernas sobre mis hombros y me dio su pie derecho, rozándome sobre mi boca, metió sus dedos en mi boca, metió su dedo gordo en mi boca, lo lamí, lamí su planta del pie. Eres una guarra, me dijo. ¿Cómo te sientes?. Como una guarra, señor, contesté. Mi señor me colocó dos pinzas en un pezón y me ordenó un beso negro. El ano de mi señor me gustó. Sabía que le gustaba y a mí también me gustaba su ano. Al tiempo, me dolía el pezón, pero gozaba. Quería que mi señor tuviera el mayor placer posible. Mi lengua lamía su ano y lo relamía con gusto. Mi señor ofrecía a su humilde sierva su ano. Quería que le mirara a los ojos, no podía, bajé la mirada. Era una guarra.
Seguí mamando su pene duro. Estaba preparado para poseerme como a una cerda. Me incorporé, apoyándome sobre el sillón. Me metió los dedos en el chocho. Me metió los dedos en el culo. Me introdujo un consolador vibrando en el chocho y mientras lo tenía comenzó a echarme cera sobre mi espalda de perra. Me quemaba, me quemaba...Lo sufrí mientras gemía excitada. Era suya. La cera caía y yo sentía su calor y su quemazón...Entonces mi señor se puso detrás de mí, su polla ardiendo de deseo y mi culo abierto deseando recibirlo. Me acarició las nalgas.
- ¿Te gusta ser tan guarra?
- Sí, señor, me gusta.
La punta de su capullo estaba en mi ano, un empujón y me la metió hasta dentro. Un rugido de animal, salió de mi garganta. Te gusta guarra. Te gusta que te dé por el culo, perra. Eres asquerosa... Tu señor te desea para esto, simplemente, para darte por culo, puta... Sus empujones me hacían sentirme más y más cerda. Por dentro, gozaba de su polla. Y su polla gozaba de su perra, guarra y cerda a la vez. Me sacó la polla, me dejó aun más caliente. Mi chocho con el consolador mojado y caliente, ardiente de deseo. Me ordenó que subiera a la mesa, en donde estaban preparados mis objetos y que bebiera agua, subí a cuatro patas y mi culo en frente de él. Con la cuchara me frotó mi chocho, me lo lamió. Estaba a punto de correrme de placer. Mi señor me lo prohibió. No era mi placer lo que buscaba sino el suyo. Bebí más agua. Olvidé llamarle señor y se enojó. Me azotó mis nalgas con la vara. Bebí más agua. Me eché agua en el plato y lo lamí hasta el fin. Mientras me azotaba por haber vertido un poco sobre la mesa. Bebí más agua. Quitó las pinzas de mi pezón, grité. Bebí...volví a beber.
- Mea, perra, delante de mí.
Meé como una perra, mientras mi señor me observaba y me mandaba lamer como una perra sin nombre.
Me puso el consolador grande en el chocho, el anal en el ano y me ordenó que los mantuviera sin que se cayeran. Me cambió el sostén. Se fue a mear. Me mandó bajar con los consoladores sin perderlos y a cuatro patas limpiar la taza de su meada. Lo hice. Y en el aseo me quitó el consolador del chocho y volvió a metérmela diciéndome lo guarra que era.
- ¿Cómo te sientes, puta? ¿Qué piensas?
- Señor, agghh, señor, agggff, aggff, su puta, su sirvienta...
- Me gusta usarte así, es para lo único que sirves, guarrona.
- Señor, aggh, agghf.
- Guarra, más que guarra....Guarrona.
Toma, toma, toma, mi polla, aunque no te la mereces, pensaba mi señor, sólo es una puta barata y guarra. Pero me gusta. Me gusta usarla a mi antojo y que adore mi polla dura y tiesa. Me la sacó de mi coño anhelante, me la dio en mi boca para ser lamida sin parar. Después a cuatro patas y sin parar de avanzar, dándome puntapies y patadas, llegamos a la cama, se tumbó, la seguí chupando. Me puse a horcajadas sobre su polla, me acercó tirándome del collar y me dijo de nuevo que era una puta. Que me moviera sobre su polla, mientras me cogía de las tetas, las sacaba de mi ajustador rojo, me las estrujaba y me decía, muévete puta, muévete más.
- Señor, agggff, aggggf, señor, agggggggjjjjjjj........
- ¡Muévete, no sabes o qué! ¡Muévete! Saca tu sucia lengua – con la cadena me acercaba a él y continuaba diciéndome – puta, más que puta, que no sabes servir a tu señor.
- Señor, aagggff, agggggggggf, señor, aaahhhhhhhh... Soy su puta.
- Para puta, para.
- A cuatro patas, puta, ábrete bien. Que no sabes follar. Toma, toma mi polla.
- Puta más que puta. ¡Putón!
Me dio por culo otra vez. Me sentí más guarra que nunca y más puta. Estaba anulada. Solo era su objeto, su guarra para su uso sexual. Solo eso nada más. Fue a por las cuerdas y me ató a los barrotes de la cama, quedé con la cabeza sobre la cama y el culo ofrecido totalmente a mi señor. Mi señor me puso las pinzas en los pezones y en los labios del chocho. Me tomó de las caderas y me metió su polla en el chocho, haciéndome que de nuevo, gritara de placer.
- Señor, agggggggghh, agggggfffffff, aggggggggffffff, señor.
- Así no, ¡zorra!. Zorra no sabes ni follar.
- No, no sé.
- No sé, qué, ¿no se te olvida algo, zorra?
- Perdón, señor, perdón.
Fue por el cinto y me azotó, mientras yo decía:
- Gracias, mi señor...Gracias, mi señor...Gracias, mi señor...
Mis nalgas rojas, mi espalda con la cera, roja también, la polla de mi señor dura, muy dura. Mi chocho en convulsión, mi garganta ahogada, mi culo con deseo de ser poseído por la polla de mi único dueño. Mi señor furioso por el olvido de su tratamiento, enojado. Mi cuerpo vibrando...dejándolo ser su suyo y usado a su total capricho. Mi señor queriendo poseer lo que le pertenecía y apropiarse de lo más íntimo de su esclava.
Me penetró por el chocho, me hizo vibrar de placer, me penetró por el ano y los dos juntos, Amo y sumisa, Señor y sierva, Dueño y esclava, sirviendo sus deseos, formando un mismo universo en donde mi total entrega se expansiona, en un grito común, animal e inconsciente, rozamos el éxtasis extremo, transportándonos más allá, hacia la total consumación.
Agotada y contenta por ser suya. Gracias, mi señor SEL, por hacerme suya y gozarme... Dormí a los pies de mi señor.