Donde Sumo Sacerdote
En el interior del templo pagano, el sumo sacerdote está sentado en su imponente trono de madera tallada. Frente a él, la vestal envuelta en seda roja, vestido transparente, escotado y capa amplia también transparente que dejan entrever sus curvas. Avanza lentamente portando sobre su regazo dos calas abiertas de primavera. Cuando llega frente a su señor, entrega sus flores y suavemente se despoja de las ropas que cubren su cuerpo, mostrando primero sus brazos blancos, después su cuello recto. La capa cae a sus pies. Dulcemente baja los tirantes, y descubre sus grandes senos de nácar, erectos los ofrece a la visión de su amo, mientras sigue cayendo su vestido dejando ver su vientre y su sexo negro poblado. Se aproxima a su señor altiva, con las palmas de las manos hacia arriba regalando sus tetas y sus pezones tiesos. El sumo sacerdote acaricia su posesión, comenzando por la boca, rodea con sus manos el hermoso cuello y desciende hacia los senos de mármol, notando el frío y la entrega de su diosa. Sus manos no se detienen, acaricia la cintura, el hermoso de vientre. Y cuando llega al sexo, mete sus dedos entre los labios y los encuentra mojados, divinamente preparados para el gran ritual. Acaricia los imponentes muslos de diosa y mandándola volverse, acaricia sus nalgas.
El sumo sacerdote la coloca el collar, símbolo de la posesión, las muñequeras y la conduce hasta un lecho, donde la vestal se tumba desnuda y ofrece sus muñecas para ser encadenada. Hecho esto su amo le manda abrir las piernas y llama a dos acólitos para que la rasuren convenientemente el chocho ya húmedo. Una vez rasurado, el sumo sacerdote comienza a flagelar su sexo, sus tetas y pezones, y mientras los acólitos acarician las tetas de la Sacerdotisa apretando fuertemente los pezones, el sumo sacerdote castiga su sexo. Ella se retuerce, grita, cierra las piernas y recibe aún más fuerte el golpe de la fusta. La Sacerdotisa abre las piernas y recibe el castigo de su amo, resignada, los acólitos abren sus labios y toman su clítoris para que pinzado pueda recibir y sentir la amada fusta. Su mente se queda en blanco, confía en el sumo sacerdote, solo escucha el sonido de la fusta sobre sus muslos y sexo. El tiempo se ha parado. Su entrega se consuma poco a poco, su disponibilidad es total. Ha perdido la consciencia del tiempo y el espacio. Su vida ya no le pertenece sino que es posesión de su amo, que como vestal la cuidara y protegerá, prestándosela a los acólitos que él quiera. El amo pinza sus pezones y los estira.
- ¿Estás bien mi señora?
- Soy tuya, señor.
Se abren las puertas del templo, un tropel de hombres venidos del campo se preparan para entrar y estar en primera línea, quizás puedan ser los elegidos para poseer a la diosa. Todos llevan ofrendas en cestos de mimbres: frutas, cereales, lana, animales, pieles...., desean que sus ofrendas sean las más valoradas por el sumo sacerdote. Los hombres con devoción y respeto van tomando asiento depositando sus ofrendas cerca del altar. Están muy excitados, apenas alcanzan a percibir los pezones de la vestal, se sienten turbados, saben de su rotunda belleza y se sienten poseídos de un sentimiento común, cuando uno de ellos, el elegido la tome y penetre como hembra, todos y cada uno de ellos sentirá el placer en cada una de sus pollas como si ellas fueran las que se sumergieran en el calor vital de la diosa, como si ellas fueran estrechadas por su sexo sin dejarlas escapar. Quieren ver más... Los acólitos la desencadenan, la despinzan, la cubren con la capa y tomándola por la mano, la pasean y exhiben entre los hombres, éstos saben que no la pueden tocar, su excitación aumenta, sus pollas, solo de pensar, se ponen aún más duras. La vestal muestra sus grandes pezones y tetas a todos, rozándoles la boca y la barbilla. Anda moviendo las caderas y mostrando sus muslos de diosa y señora. En las estaciones, paradas obligatorias de exhibición total, los acólitos muestran el sexo de la vestal abriéndoselo con los dedos, dejando entrever el brillo de su humedad y la hinchazón de su clítoris y de sus labios.
- Aquí tenéis a vuestra diosa, que hoy será la perra de cada uno de vosotros.
Un coro de voces varoniles, entre sofocadas y desesperadas, sin armonía se alza
- Queremos poseerte puta, puta y zorra, señora nuestra.
De nuevo, la vestal está frente a todos, con las piernas y brazos abiertos. Sus brazos son atados a dos columnas. Sus piernas también. La capa abierta, a punto de ser quitada. Sus senos atados también y sus pezones pinzados. Sus labios del sexo pinzados. Su capa cae.
El sumo sacerdote toma un látigo, lo muestra a los hombres y les pregunta:
- ¿Queréis que vuestra señora os dé placer?
- ¡Síiiiiiiiiiiiiiiiiiiii! Queremos que nos dé placer y nos haga reventar nuestras pollas de leche.
La Sacerdotisa no se inmuta, sabe que su señor la llevará al más grande de los placeres convirtiéndola en la puta más grande que jamás hayan los hombres imaginado. Obedece ciegamente las indicaciones de su amo. Cuando la dice muévete, se mueve; saca el sexo, lo saca; tus pezones...ofrécelos como una cerda en celo; mueve tu trasero perra...lo mueve; recibe los golpes pidiendo más...pide más; da las gracias a tu señor cuando mandé alguno acercarse para tocarte, para penetrarte o para azotarte... las dá.
El sacerdote elige una ofrenda, la de un gallo. Sube el hombre y le es permitido lamer las tetas de la diosa, con las manos las acaricia, restrega su cabeza en el canalillo, su barba se restrega en las tetas de la vestal, su lengua lame con delirio sus tetas. Un coro de voces de hombres acompañan al elegido emitiendo sus mismos sonidos y experimentando las mismas sensaciones. El que dirige la ceremonia, ordena venir al siguiente, que de rodillas come el chocho de su amada diosa y deposita en él su saliva caliente y lasciva, en tanto que ella grita cuando él muerde sus labios y su clítoris. El resto de los hombres imitan los gestos del hombre arrodillado y vocean lo zorra que es la hembra cuyo chocho muerden y saborean.
La diosa es desencadenada y puesta a cuatro patas, mostrando su cara a su Señor y su perfil a su público enfriebrecido, gime y goza cuando se descargan sobre sus nalgas numerosos golpes de látigo. Hecho esto, el sumo sacerdote elige al hombre cuya cesta está llena de plátanos. Sube el hombre con la mano en la bragueta, se saca su pollón duro y excitado y es ordenado de penetrar el sexo de la diosa cuya cara refleja dolor y placer, mira a su amo, mira a sus fieles, atestigua con sus ojos, sus gestos y su boca un enorme placer, gime en cada envestida del pollón y contornea sus caderas como si fuera simplemente la puta de su amo cedida y prestada para el divertimento de los presentes. El pollón entra y sale y en cada envestida exhala placer y placer. Los demás de rodillas con sus pollas sacadas realizan los mismos movimientos y exhalan placer y placer como si cada uno de ellos estuviera follando con la diosa. El hombre del pollón sabe que no puede depositar su semen en el tesoro de su señora, así cuando está punto de explotar su pollón la saca y encima de sus nalgas deposita el líquido seminal. Sus gritos han ocupado las cúpulas sagradas y muchos de los fieles los han seguido. La vestal gime de placer mientras escucha los berridos de sus fieles.
Así, a cuatro patas, moviéndose como una puta, se avanza hacia su señor, se acerca a su polla, y siguiendo las órdenes de chupar el rabo de su amo y adorarselo, le mama, se le mete en la boca y le endurece, se da la vuelta y mirando a los hombres, ofrece su culo a su señor que la sodomiza como a una puta perra, gime de placer, gime como nunca antes había gemido, grita. Los dos acólitos arrodillados a ambos lados de ella, la tiran de los pezones. Los hombres, presos de excitación, aprietan sus pollas con sus manos, se masturban, todos con las pollas en las manos. La diosa no puede más, espera la orden de su amo de correrse delante de todos. El sumo sacerdote protegido de sus vestiduras la da bien por culo y grita, a una orden suya, se desatarán las energías contenidas.
- Mi diosa eres la más puta de cuántas mujeres hemos conocido. Todos estamos por ti, te adoramos, te deseamos, eres nuestro juguete, soñamos contigo. ¡Danos tu placer! ¡Dadle vuestro placer! ¡Toma mi placer!
Al instante, el más apoteósico placer colectivo llena las bóvedas estelares.
La ceremonia ha terminado.