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Hoy, tengo ganas de ti...!!!

El bosque de los Robles

                            Ama tirando de su perro delante de otras amas

Viernes, 8 de julio de 2005, 10 de la noche.


Atravesé el puente romano, subí despacio para no rozar los bajos del coche. Esquivé las piedras del camino y la noche iba cayendo poco a poco. Seguí la indicación de Casa Rural, paré a beber agua de un manantial y me mojé la cara y los brazos, iba sudando. Dejé mi coche aparcado en el sitio de costumbre, tomé mis cosas y bajé lentamente hacia la casa. Las sombras de la noche caían sobre los robles y dibujaban extrañas formas. No llevaba miedo, sabía que él me esperaba en la puerta. No necesitaba llamarle porque él estaba allí. Esperaba pacientemente que su Ama atravesara el umbral para caer de rodillas besando sus pies, acariciarlos con sus manos. Yo caminaba firme hacia mi destino de Dueña de la casa y del huésped. Me lo había suplicado tantas veces que le sometiera, que me ocupara de él, que le humillara e insultara, que le torturara, que quise ser su instrumento y ofrecerle la sesión con la que tanto soñaba y que yo empujada por sus ruegos también deseaba.


                                       
                                  
Al llegar al porche, pensaba que tipo de hombre sería, cual sería su cuerpo, como sentiría. Armonizarían nuestros cerebros, nuestras mentes, nuestros corazones. De repente se abrió la puerta de madera de nogal y postrado de rodillas apareció Sergio, desnudo y rasurado, el hombre que se pondría en mis manos mansamente. Besó mis pies, limpió el polvo del camino, besó mis tobillos, mis piernas, todo lentamente. Un escalofrío recorrió mi cuerpo de Ama. Besó mis rodillas, mis muslos. No se atrevió a llegar a mi entrepierna. Me descalzó y siguió besando mis pies y acariciándolos. Tomándolos para sí, los abrazó y los puso cerca de su corazón, y yo los deslizaba suavemente hacia su pubis, mientras un temblor invisible invadía su cuerpo. Se incorporó y me desnudó lentamente, mientras yo con mis manos apretaba las suyas cuando rozaban mis pechos. Cabizbajo, sin mirarme, sentía el ardor de mi cuerpo. Me desnudó y le mandé acariciarme, me apetecía sentir sus manos sobre mí.

Mi cena estaba sobre la mesa, un buen gazpacho triturado y refrescante de primero y tortilla de patatas de segundo, según le había indicado. Debajo de la mesa arrodillado seguía besando mis pies y mis piernas. Yo desnuda le pisaba la cabeza y la inclinaba hacia el suelo, le metía los dedos en su boca y me los lamía. Degusté su cocina con parsimonia, mientras jugaba con su lengua y su pecho y su cabeza. Llegado el postre, abrí mis piernas y dejé que admirara mi sexo sin depilar. Quiso lamerlo pero se lo impedí. No era para él aún. Le puse un plato con mis sobras debajo de la mesa para que él cenara también como un perro. Sus primeras palabras salieron de su boca para darme las gracias y presentarse como mi perro. Comió...mientras yo le observaba. Se sentía humillado pero al mismo tiempo su pene crecía y rozaba con el suelo. Tenía un pene hermoso, largo como el de un perro.

Encendió el televisor. Me acomodé en el sofá y pedí mi ropa. A cuatro patas fue trayéndome con la boca mi corset de cuero, mi tanga de cuero, mi látigo, mis botas de medio muslo, mi muñequeras, mi antifaz....Dejó todo encima de un sillón y después de colocarse a mis pies, los fue lamiendo lentamente subiendo y subiendo hasta mi cueva, abrí las piernas y le permití saborear el néctar de mis labios. Me lamió y relamió, relamiéndose y babeando. Mi cuerpo se estremecía con sus lamidos y él saboreaba mi sudor como si el pistilo celestial estuviera presto a derramarse. Su cabeza entre mis piernas, sus manos en el suelo sosteniendo su atlético cuerpo, su pene colgando, como gritando ¡dame más Ama, más, más!


                                          
Me levanté, y por detrás le coloqué una pinza entre sus dos huevos, después otra en la parte superior derecha de sus huevos, después otra en la parte opuesta de sus huevos. Cogí el látigo y suavemente golpeé sus nalgas, su espalda, su cintura pero no los riñones. Golpeé sus muslos, sus nalgas, su espalda, sus nalgas. Bajaba la cabeza a cada golpe. Rellené de pinzas sus huevos hasta formar un abanico perfecto. Gemía, se quejaba, el dolor le asaltaba en cada envestida de la pinza...Volví a darle con el látigo quería oírle gemir en una mezcla de dolor y placer. ¡Al suelo! Le cogí de la picha y se la puse entre las piernas. Pisé su picha una y otra vez. Era un perro delicioso...¡Guau, guau, guau! Su respuesta.

Le mandé que me vistiera, yo subida en el sofá, y me fue poniendo, una vez lamido mi higo, el tanga, lamidos mis pezones, el corset, lamidos mis pies, las botas, lamidas mis muñecas mis muñequeras, lamidos mis ojos, mi antifaz. Había nacido su Ama soñada. Estaba presto a ser sometido y a entregarme su dolor y su gozo. Me ofreció la cesta en donde estaban todos sus juguetitos personales. Me los entregó, se arrodilló y le coloqué su collar de perro con mi nombre Ama Perla. Le puse las muñequeras y las tobilleras y le conduje al bosque, era medianoche. En el exterior mi roble favorito, cercano e imponente se erguía ante la noche estrellada.

Las cadenas preparadas nos esperaban a él y a mí. Una cadena rodeaba uno de los dos grandes brazos que se alzaban por encima de nuestras cabezas. Otra rodeaba el corpulento tronco a nivel del suelo. La luz del farol del porche iluminaba entre sombras la escena. Llegados como Ama y perro sumiso, se incorporó, puso sus manos arriba y yo de puntillas le encadené las manos unidas a la cadena que después tensé atándola en otro tronco.  Le moví sus pinzas de los huevos...Le toqué su picha. Gemía....Le hice separar sus piernas a golpes de látigo y encadené sus pies al tronco. Quedó mi sumiso soñado encadenado al roble de modo que fuertes ambos tejían una historia de sado y sexo. Le quité las pinzas una a una tirando de ellas y a cada tirón Sergio gemía de dolor. Le acaricié sus huevos. Le abandoné...



                                      

                                          
Era la una de la madrugada. Tomé las cuerdas para el bondage, le dije que era un putón, que pronto buscaría una mujer para que se la follara, y que yo cobraría por ello, como si él fuera un gigolo, que tenía una vecina necesitada y pudiente y que se lo ofrecería, pero eso sí tendría que darla mucha mucha caña. No quería que ella estuviera decepcionada del objeto que yo la prestaba. Le fui poniendo las cintas sobre su picha, apretadas y una pinza, subido el prepucio, en él. Le puse dos pinzas sobre los pezones. Le marqué su pecho: Soy el perro de Ama Divina Perla...Todo su ser temblaba. Le vendé los ojos...Me puse sobre él de frente susurrándole al oído, que lo haría un putón. Me puse de espaldas rozando con mi culo su pene y acariciando con mis manos su cintura.

Gemía de forma contenida. Mi boca se acercaba a su boca. Mis manos a su pene. Me retiré, le aplasté su picha con mis botas. Le abandoné...

Me senté en el porche esperando. Oí un coche que se acercaba. Después unos pasos. No esperaba a nadie...Quién podría ser...Una sombra avanzaba por el camino...Yo no tenía tiempo de desandar lo andado. Me pilló desprevenida....Mi amiga Lola apareció. Era increíble...Me saludó efusivamente sin darse cuenta de nada, solo me decía pero como estás así vestida, qué haces con ese uniforme...No se había percatado de él...cuando lo vio...soltó una carcajada y se fue directa a manosear los huevos de Sergio. Gemía de placer. Le manoseaba la polla, le quitó la pinza y manoseandolo libremente le lamió la punta del glande. Quemaba...Le desató las cintas de la polla y me dijo “que desperdicio es este”, le desencadené. Le puse a cuatro patas y le mandé chuparla el coño. Delante de las dos y de rodillas le ordené que se acariciara su polla que quería que se la follara. Ella se desnudaba y paseaba sus piernas por entre su cabeza, dejando caer sus pechos hacia la boca de mi perro, que se excitaba...cada vez más.

Le puse a cuatro patas, le acaricié las nalgas, se las abrí, le puse aceite y le introduje primero mis dedos y después su consolador anal. Ella seguía bailando para él y exhibiéndose. Se tumbó delante de él espatarrada y yo le ordené que se la follara. La penetró, mientras yo miraba la hermosa escena de mi perro con mi amiga. Fóllala, cerdo, fóllala...!!!

-         Sí Ama, como usted ordene

Y mientras la follaba mi látigo caía sobre sus nalgas hasta que mi amiga quedó satisfecha. Mis ansias de su leche aumentaban...Le ordené que se masturbara para mí. Su leche saltó por encima y una gota llegó a mi boca y me encantó. Era mía.


                                                                           Divina Perla