La puerta se abre nada más llegar, Ella, marcada por su estrecha lencería, con sus curvas rebosantes y sabrosas. Su mirada, huyo de su mirada, no puedo mirarla, sé que su mirada transparente me atraviesa y, quiero caer de rodillas, implorándola su perdón. Ni un solo reproche, nada que me haga sentir culpable. Mi Ama sabe lo que busco en Ella y me lo da, no espera más recompensa que verme en sus manos estremecido, con la polla babeando, y con la lengua ávida de lamerla.
Se echa para atrás contra la pared, le ordeno, que saque en ese mismo instante su picha, a veces viene atada, según mandato, otras viene libre. Hoy viene atada y morcillona. La cojo entre mis manos y presiono, agarrándola por los huevos y presionando, como quien desgrana. Al instante, un sonido varonil de quejido envuelve el vestíbulo, que solo dispone de una tenúe luz situada en otra habitación. Todavía no he colocado los cepillos de raíces contra su pene, mas ya emite el quejido del animal que espera ser castigado. Y pues, que lo deseas...mis dos manos a la vez acercan, su picha esta libre, los pantalones caídos ya, cada una su cepillo y, a la vez toman por sorpresa el pene ya deseoso ya temeroso, y zás, lo oprimen, pasan las púas de delante atrás y de atrás adelante. Siento que mi cuerpo se estremece al contagio de su estremecimiento y me humedezco. Coloco las gomas que sujetan ambos cepillos, y los ato con las cuerdas apropiadas para que no se escape el trofeo que han atrapado. Sus gémidos se entremezclan sin saber si son de dolor o placer. Gime mi perro como gime una mujer entregada mientras su amante está penetrándola y quiere más.
Por qué me hace esto, dios, por qué. Acaso no sabe que me vuelve loco sentir las púas de estos cepillos contra mi polla, acaso no sabe que no puedo pasarme de estos momentos, que tengo que volver siempre a buscarla, aunque no quiera. Qué quiere que no pueda vivir sin Ella. Qué quiere que nunca la abandone...y lo consigue, cada día sueño en este preciso instante que mi polla está entre sus cepillos, y me pone de rodillas, y me pone mi collar de perro. Sé que es mi collar...que está pensado para mí. Oh, dios, estoy de rodillas, con los cepillos colgando, tengo puesto el collar de mi Ama. Todavía no he pasado al salón. Ella quiere pasearme así por toda la casa, tirándome del collar y acercándome de vez en cuando a su entrepierna en donde mi lengua busca el sabroso fluido de sus partes.
Le ordeno que se arrodille, y preparo su cabeza para la colocación del collar que le hace mío, mío para siempre. Le pongo el collar y tiro de él para acercarlo a mi vientre, y aunque me busca con la lengua no se lo permito, tendrá que buscarme diez minutos hasta que yo se lo permita, le permita entrar con su lengua a mi cueva, cueva en donde cazadores pintaron todos los animales que quisieron ser y fueron. Arrastro a mi perro, tirando del collar que indica que es posesión mía. Esta idea deviene obsesión, no quiero perderlo y, por tanto, lo estrecho contra mí por delante y por detrás, y lo paseo por toda la casa, parando como de costumbre en cada espejo para que nos veamos, nos veamos cómo somos y cómo queremos ser en ese día. En cada estación, le aplico una tortura, unas veces es el látigo en las nalgas, otras meto mi tacón entre la raja del culo. De vez en cuando, le tiro de los cepillos hacia atrás y vuelven adelante. Estamos a punto de entrar en el salón. Mi perro babea de arriba y de abajo. Ha perdido los pantalones, y ha quedado de cintura para abajo totalmente desnudo. Yo estoy en lencería, mis ligueros y mis medias, que sé que le chiflan. Estoy maquillada, con los labios rojos y bien perfilados. Antes de hacerle pasar a la celda de castigo...
joooo, sólo de acordarme me excita.
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